EL PULMÓN DE ACERO- Club de lectura SpanishUptoYou
En
el año de 1952 Estados Unidos vivía los años de la posguerra. La segunda guerra
mundial había terminado, millones de soldados habían vuelto a casa, las
familias construían una nueva vida, los suburbios crecían, los automóviles
llenaban las calles, los refrigeradores, las lavadoras y las televisiones se
volvían parte de la vida cotidiana de millones de hogares. El sueño americano
no era solo una promesa, era una realidad visible, tangible, al alcance de la
mano. Los niños crecían en jardines grandes, iban a la escuela en autobús, en
verano iban a las albercas. Así era el verano en Estados Unidos: agua, sol,
risas de niños, y entonces llegó el miedo: La poliomielitis.
No era nueva en 1952, llevaba décadas atacando
a Estados Unidos. El presidente Franklin D. Roosvelt la había contraído en 1921
y durante su presidencia uso una silla de ruedas, aunque el público, rara vez
lo veía así. Pero 1952 fue diferente, fue el peor año registrado de la historia
estadounidense con esta enfermedad. 57, 628 casos reportados, 3,145 muertos,
21, 269 personas desarrollaron distintos grados de parálisis en un solo año en
el país más poderoso del mundo y muchas de las víctimas eran niños. Lo que
hacía a la polio tan aterradora no era solamente lo que podía provocar, era que
podía circular sin ser vista. Los científicos ya sabían que el virus pasaba de
persona, principalmente por las vías fecal-oral y oral-oral. Pero muchas
personas infectadas no presentaban un solo síntoma, podían transmitir el virus
sin saber que lo llevaban dentro. Para las familias eso convertía todo en una
posible amenaza: el agua de las albercas, el contacto con las superficies, los
lugares públicos, las multitudes. No porque todos esos lugares fueran
responsables de la enfermedad, sino porque nadie podía saber dónde se
encontraba el virus. En muchas comunidades cerraron albercas públicas,
clausuraron parques infantiles, cancelaron campamentos de verano. Las familias evitaron
cines, iglesias y reuniones. Si tu hijo tenía fiebre el corazón se te detenía
porque podía ser el primer síntoma y pocos días después, un niño perfectamente
sano podía perder la capacidad de mover las piernas, o los brazos. En los casos
más graves podía perder la capacidad de respirar.
El pulmón de acero
Existe
una imagen que define el horror de la polio. Es una máquina de metal del tamaño
de un ataúd que rodeaba el cuerpo del paciente desde el cuello hacia abajo
mediante cambios de presión que obligaba al pecho a expandirse y contraerse.
Básicamente respiraba por el paciente porque la polio podía paralizar los
músculos utilizados para respirar. Los hospitales estadounidenses, en 1952 tenían
filas de pulmones de acero. En algunos lugares, salas enteras estaban ocupadas
por aquellas maquinas. Niños adentro con solamente la cabeza afuera mirando al
techo día tras día, mes tras mes y algunos durante años. Algunos nunca
salieron, los enfermeros y las enfermeras trabajaban bajo una presión
agotadora, rotaban entre las maquinas, vigilaban cada respiración, leían
cuentos a niños que no podían moverse, escribían las cartas que los pacientes
les dictaban porque no podían sostener un lápiz. Estados Unidos observaba y
todavía no sabía cómo detener la epidemia. Pero el país también hacia algo más:
peleaba. En 1938 Roosvelt creo la fundación Nacional para la parálisis
infantil. Su campaña más famosa sería conocida como la “March of dimes”: la
marcha de los diez centavos. El comediante Eddy Cantor ayudó a crear el nombre
y lanzó una petición sencilla: que cada persona enviara una moneda de 10 centavos
a la Casa Blanca para financiar la lucha contra la polio. La respuesta fue
extraordinaria. Miles de cartas comenzaron a llegar con monedad en su interior,
de niños que vaciaban sus alcancías, de familias que enviaban lo que podían, de
personas que jamás conocerían a quienes recibirían aquella ayuda. Se recaudaron
millones de dólares, moneda por moneda, carta por carta. El dinero financió
tratamientos, pulmones de acero, laboratorios, equipos de investigación y
también financió el trabajo de un joven virólogo en Pittsburgh que tenía una
idea diferente. Su nombre era Jona Salk. Salk no trabajó solo, su equipo
consiguió un avance decisivo conseguido en 1949 por John Enders, Thomas Wheler
y Frederick Robins. La posibilidad de cultivar el poliovirus en tejido humano
dentro de un laboratorio, sobre esa base, Salk y sus colaboradores
desarrollaron una vacuna utilizando virus inactivados, trabajaron durante años,
los estudios con animales y las primeras
pruebas en seres humanos mostraron que la vacuna podía generar anticuerpos sin
provocar la enfermedad. Pero todavía se necesitaba demostrar si realmente podía
proteger a millones de niños y entonces llegó uno de los ensayos clínicos más
grandes de la historia en 1954, más de 1.8 millones de niños participaron.
Fueron conocidos como los “Polio Pioneers”, los pioneros de la polio. Los
padres firmaron las autorizaciones y permitieron que participaran en escuelas y
centros de vacunación con una mezcla de esperanza y terror.
-
¿Y si algo resultaba mal? – pensaban
-
¿Y si la vacuna les dañaba?, pero aceptaron porque la
alternativa era continuar esperando al siguiente verano de miedo.
el 12 de abril de 1955, exactamente 10 años después de
la muerte de Roosvelt, el doctor Thomas Francis presentó los resultados en Ann
Harbor Michigan. Más de 500 científicos y médicos se reunieron, mientras
periodistas y cámaras esperaban el anuncio: la vacuna funcionaba, era segura,
era efectiva, era potente. Había demostrado una eficacia de hasta 90% contra la
polio paralitica. Lo que ocurrió después es difícil de describir. Las iglesias
hicieron sonar las campanas, las sirenas y los silbatos de las fabricas se
escucharon en distintas ciudades, padres y maestros lloraron, médicos y enfermeras
que hacia años se enfrentaban a la enfermedad, se abrazaron en los pasillos de
los hospitales. Para muchas familias era como si una guerra hubiera terminado.
Aquella misma noche el periodista Edward R. Murrow le preguntó a Jonas Salk que
quién poseía la patente de la vacuna y Salk respondio:
-
El pueblo – dijo
La vacuna no fue patentada, 6 compañías fueron autorizadas para
producirla, fabricarla, comprarla y
distribuirla seguía teniendo un costo, pero Salk no obtuvo ganancias personales
por compartir la forma y los métodos de
producción. Para él, aquella vacuna era el resultado de un esfuerzo financiado
por el público, millones de monedas, millones de familias, millones de personas
luchando contra el mismo enemigo.
Dos años después de que la vacuna fuera autorizada, los casos anuales
habían disminuido aproximadamente 5,600; casi un 90% por debajo del terrible
pico de 1952. Las salas llenas de pulmones de acero, comenzaron a desaparecer,
los parques infantiles volvieron a llenarse, las albercas publicas reabrieron,
los padres permitieron a sus hijos salir de casa otra vez, el verano
estadounidense regresó, pero el éxito no perteneció solamente a una vacuna
porque a partir de 1961 la vacuna oral desarrollada por Albert Sabin facilitó
las campañas masivas y ayudó a interrumpir la transmisión del virus. En 1965
Estados Unidos registro solamente 61 casos de polio. Los últimos casos fueron
en 1979.
Hoy, el polio continúa siendo endémico solamente en dos países:
Afganistán y Pakistán.
La batalla todavía no ha terminado, pero una enfermedad que alguna vez
paralizó a cientos de miles de personas cada año ha sido reducida en más de un
99% en todo el mundo y aquella victoria no perteneció a un solo hombre,
perteneció a los científicos, a los médicos y enfermeras, a los voluntarios, a
los padres que dieron su autorización, a los 1.8 millones de niños que participaron
en el ensayo ya millones de personas que
pusieron una moneda dentro de un sobre y decidieron formar parte de la guerra
contra la polio.
A veces las guerras más grandes no las ganan los ejércitos, se ganan en
laboratorios, en hospitales, en escuelas y con personas comunes que deciden
sostener juntas el trabajo de la ciencia.

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